jueves, 21 de febrero de 2008

VENTA DE VOTOS, MI SOBRINA Y EL PESO DE LAS COSAS


Una buena amiga mía me envió el otro día un sms que, en un principio, me pareció una broma. Me decía que en eBay había votos en venta.
Incrédula de mí, le pedí la fuente. Fui hasta ella. Y era cierto. Algunos ciudadanos habían puesto su voto a subasta, es decir en venta al mejor postor, tras prometer absoluta confidencialidad para quien obtuviera finalmente el producto.
Se me revolvió el estómago que tengo en la zona cerebral, el estómago que se espeluzna de asco cuando una idea repugnante se le presenta así, de golpe, vanagloriándose de existir. Y tambíén me aumentó el nivel de la pena en sangre.
No me gusta juzgar, pero decidme si no son dignos de opiniones variopintas quienes venden y, también, quienes compran votos.
Por la noche del día en que me enteré de esta preocupante noticia, vinieron a cenar dos amigos míos quienes, por cierto, me trajeron un regalo de cumpleaños que guardaban desde hacía meses; se trataba de un libro que pesa cuatro quilos y medio -cierto total; acabo de levantarme y de ir hasta la báscula para comprobarlo-. Una maravilla. Ya os hablaré de él cuando lo vaya leyendo y viendo y mirando. Vinieron a cenar, pues; cocinamos al horno un pollo de payés, de tres quilos -hoy me ha dado por hablar del peso de las cosas; de unas y de otras-. Les conté lo de la venta de votos y mi amiga, tras un análisis horrorizado, dijo: "Eso hacía mi madre conmigo y con mis hermanos; nos ofrecía dinero a cambio de que votáramos lo que ella quería".
Al parecer, solo un hermano se vendió. Al parecer, solo una vez. La señora pedía que votaran al PP. Tuvimos que reírnos. Por cierto, no sé cuánto pesaba el exquisito pastel de chocolate negro que trajeron para el postre.
Justo antes de que llegaran estos buenos amigos a cenar, me telefoneó mi sobrina, Lola. Como tiene sólo diez años, no le conté lo de la venta de votos, aunque estuve a punto. Me llamaba para leerme su primer poema. Me dijo que siempre había escrito cuentos -ese siempre me derritió, cómo no-, pero que bueno, este año se había animado con la poesía. La había escrito para presentarla al concurso del día de Sant Jordi en su escuela. Justo en ese momento, cuando supe que era para el concurso, me pregunté si no habrían puesto los del jurado de la escuela sus votos en venta en eBay. Y me pregunté también si no los compraría yo todos, en ese caso. Pero eso fue justo antes de que me leyera el poema, que se titula La amistad, y dice:
L'amistat és una cosa preciosa/ però de vegades es trenca/Com una flor que cau a terra/I un dels pètals cau al riu./Recorre el món fins que algú l'agafa/I aquella persona no ho sap/però ha trobat una amistat./L'amistat és una cosa genial,/però que pot caure molt avall,/Com una gota d'aigua,/sola i sense amics./L'amistat és important,/I sense ella la vida res val,/Si no estimes,/No t'estimaràn,/Si no intentes fer amics,/No en tindràs,/L'amistat és molt important. (La amistad es una cosa preciosa pero a veces se rompe, como una flor que cae al suelo y uno de los pétalos cae al río. Recorre el mundo hasta que alguien lo coge, y aquella persona no lo sabe, pero ha encontrado una amistad. La amistad es una cosa genial, pero que puede caer muy abajo, Como una gota de agua, sola y sin amigos. La amistad es importante, y sin ella la vida nada vale. Si no quieres, no te querrán. Si no intentas hacer amigos, no los tendrás. La amistad es muy importante.)
Y entonces, cuando me hubo leído el poema, pensé que no era necesario comprar nada, ni un voto ni una papeleta ni un jurado en pleno, porque ese era sencillamente el mejor poema del mundo.
Y eso mismo es lo que van a pensar los del jurado cuando caigan en la cuenta de que lo ha escrito una niña que justo cuando se anima a escribir sus primeros versos anda por los treinta quilos de peso, siempre y cuando no lleve en brazos a nuestra gata Sugus, porque entonces serían ya treinta quilos y ochocientos cincuenta gramos.

lunes, 18 de febrero de 2008

NATALIA GINZBURG


Os hablaba el otro día de Natalia Ginzburg, y colgué un par de textos que escribí sobre la autora italiana por si eran de vuestro interés. Voy a insistir en la conveniencia de leer, entre otros, "Las pequeñas virtudes", un breve libro de breves ensayos que no decepciona jamás. Probablemente porque responde a aquello que escribía Pessoa en la educación del estoico -y cito según la traducción de R. Vilagrassa publicada por Acantilado-: "Lo que a cada cual compete, como hombre, es no hablar de su tragedia; y lo que a cada cual compete, como artista, es o ser hombre y callar sobre ella escribiendo o cantando sobre otras cosas, o extraer de ella, con firmeza y grandeza, una lección universal".
Las obras de la Ginzburg responden a ambas máximas.
Lo que son las cosas, ha contactado de nuevo conmigo estos días la editorial Lumen para que traduzca ahora, y también prologue, "Mai devi domandarmi", un volumen de ensayos publicados allá por los años setenta del siglo XX. He aceptado, muy a pesar de saber cuánta ansiedad me producen las traducciones, cuántos sueños me asaltan con palabras que solucionan dudas de la vigilia, cuántas horas pienso en la mejor manera de decir lo que creo haber comprendido después de una y otra atenta lectura.
La traducción es la más entregada de las lecturas. La que llega a más recovecos, como una buena aspiradora, si se me permite la comparación doméstica.

viernes, 15 de febrero de 2008

EL GATO Y EL RATÓN


Apostillas a la anterior entrada.


Sé bien que no sabe Sugus nada sobre palabras y que la arbitraria norma que nombra los objetos según taxonomía humana no son de su incumbencia. No me digáis, sin embargo, que no tiene su qué el hecho de que haya adquirido la costumbre de sentarse sobre el ratón del ordenador mientras trabajo. Y como me sabe mal molestarla, utilizo el que lleva incorporado el portátil.


Aprovecho para deciros que han aparecido en la editorial Páginas de Espuma los Cuentos Completos de Leopoldo María Panero en edición de Túa Blesa.



Y ya que hablamos de Panero, permitidme que os recomiende el CD en que Carlos Ann, Bunbury, José María Ponce y Bruno Galindo musican sus poemas.



Recuerdo por cierto ahora unas imágenes en que Panero aparecía en el instante de entrar de nuevo en el manicomio y en que, ya desde el otro lado de las rejas decía, con una sonrisa indescriptible, "sois vosotros los que os quedáis dentro".

miércoles, 13 de febrero de 2008

SUGUS



Esta que veis en la foto es Sugus. La gatita de dos meses que hemos adoptado en casa. Llegó el pasado sábado y ya es la reina del sofá.
Es curioso convivir con un bicho, ver cómo se adapta, qué pactos busca, con qué se entretiene.

Ahora mismo, por ejemplo, se pasea por mi escritorio, repleto de cosas, y las olisquea todas. Lo que más admiro es que no las pisa, ni las mueve. Empieza a reconocerlas.

No puedo dejarla aquí sola, porque el otro día lo hice y me cambió la configuración de google. Luego me las vi y me las deseé para arreglar el entuerto.

Es rara esta costumbre humana de acompañarse de animales la vida, ¿no?

Hace poco traduje un libro de Natalia Ginzburg que no tardará en aparecer publicado por la editorial Lumen. Contiene tres relatos largos, uno de los cuales, "Burguesía", lo protagoniza una señora a la que le regalan un gato por primera vez en su vida. En cierto momento el gatito enferma y la señora debe llevarlo al veterinario. Ginzburg escribe lo siguiente:

"En la sala de espera del veterinario había mucha gente, con gatos y perros. Pasaron unas cuantas horas. A una señora sentada a su lado con un enorme perro negro atado con la correa, le dijo: “Esta es la primera vez que vengo”. La señora dijo: “Se nota que no había tenido animales hasta ahora”. Estas palabras la afectaron y se preguntó en qué se notaba, quizás en el hecho de que había ido con el gato envuelto en un chal, el resto de la gente llevaba a sus gatos metidos en cestas adecuadas, en forma de pagoda, cómodas para llevarlos al médico y para viajar. Aquel día pensó que había entrado en el círculo de las personas que tienen y que aman a los animales, un círculo de personas particulares, unidas por una especie de complicidad muy tenue pero aún así estrecha."

Será quizás el deseo de pertenecer a un círculo, como el de los moteros, los navegantes, los coleccionistas de sellos. No sé.

Voy a aprovechar para recomendaros de manera vehemente la obra de Natalia Ginzburg. Toda su obra. Querido Miguel, Las pequeñas virtudes, Familia, Léxico Familiar, etc. A la edición que de Léxico Familiar publicó recientemente la editorial Lumen, que está recuperando parte de su obra gracias al buen tino de la editora, Silvia Querini, le escribí el prólogo. Os lo copio a continuación. Y después, también, un perfil de la escritora que publiqué hace algún tiempo en El Periódico.

Y es que hablando de gatos recién llegados a casa, ya se sabe, se acaba hablando siempre de literatura, pues todos los caminos llevan a ella.

Iba a incluir aquí los dos textos, pero son tremendamente largos. Los incluyo, link mediante, bajo el epígrafe "Textos íntegros" que encontráis a la derecha. No son los que se publicaron, no exactamente, sino los que escribí, como ocurre con el resto de los textos incluidos en este apartado del blog.




viernes, 8 de febrero de 2008

HUMANOS ASUNTOS



UNO
Regalo muchos libros. Nunca los míos. Porque es comprometer a la lectura y al comentario, porque me da vergüenza, porque me parece una especie de imposición. Sólo excepcionalmente doy uno de mis textos publicados a alguien, quizás porque de algún modo me lo ha pedido, y a veces, no sé, por puro impulso.

Eso es lo que me ha ocurrido hoy -lo de impulso-. Le he llevado a la acupuntora una de mis novelas. Y cuando iba hacia allí en bici he recordado una anécdota sobre la presentación de esa novela.
Titulada "Luz de Hielo" -corría el año 96 del pasado siglo- a mis editores se les ocurrió la idea de organizar el bautizo de la publicación en una tienda de electrodomésticos. La localización fue la planta superior de un comercio, en donde se colocaron todas las neveras de la tienda, enchufadas, con las puertas abiertas -luz de hielo, hielo, hielo- y las luces de la sala apagadas. Allí, un grupo de actores y actrices improvisó una actuación a medio camino entre la danza y el mimo.
Al recordarlo he sentido una cierta dosis de divertida vergüenza. Por la obviedad de la idea, por lo absurdo de la situación, por lo pretencioso del asunto. Pero a la vez me ha provocado ternura la amabilidad de la gente de la tienda, a quienes a buen seguro nunca antes y jamás después les habrá pedido nadie que auspicien la presentación de libro alguno. Y me han conmovido también aquellos actores y actrices que para actuar cinco minutos leyeron la novela y procuraron empaparse de su asfixia.

Le he dado el libro a la acupuntora, cuando hemos acabado la sesión, y entonces ha ocurrido algo poco común. Me ha dicho: "Hoy hacemos trueque; cada cual da lo que tiene para dar". Me ha gustado, me ha emocionado, y no he aceptado porque, esta vez, quería que fuese un regalo. Lo ha entendido. Eso creo. Son esas pequeñas cosas que te reconcilian con la vida humana.

DOS
Y a la vuelta, otra vez montada en mi Clarice, me he estado regodeando en otro recuerdo imborrable. Otra idea de esos mismos editores, también para una presentación, pero esta vez de un libro de cuentos titulado "Viajes subterráneos". ¿Cuál fue la idea? Convocar a la prensa en el metro -subterráneo, subte, subte- y presentarlo de vagón en vagón. Para que fuera atractivo, se vinieron conmigo cuatro saxofonistas de la banda de música La Lira Ampostina, banda con la que toqué el clarinete un par de años, e interpretaron, de pie y haciendo equilibrio, entre otras piezas, varios tangos, entre ellos "el himno" La cumparsita. Los viajeros del metro no daban crédito.
Hacía muchísimo tiempo que no me acordaba de aquel día. Lo más emocionante fue que mis compañeros de la banda suspendieran todas sus actividades para asistir a semejante acontecimiento, a fin de cuentas protagonizado por ellos, a doscientos quilómetros de sus casas. Otro gesto que la reconcilia a una con todo.

TRES
No quiero ni pensar qué se les habría ocurrido a dichos editores hacer si hubiese yo escrito y publicado con ellos un libro titulado "Todo es una mierda", por poner un ejemplo.

martes, 5 de febrero de 2008

COMO UNA VACA


La imagen de la fotografía muestra dos hierros para marcar ganado.
Ya me perdonaréis la comparación, pero me viene a la cabeza el hecho de que siempre he tenido ganas de hacerme un tatuaje y de que nunca he tenido ganas de hacerme un tatuaje, sí, todo a la vez, porque todo a la vez es algo que podemos sentir los seres humanos a diferencia probablemente de los animales que cuando tienen hambre no dudan y saben qué quieren y qué sienten respecto a la comida.
Un tatuaje que he querido hacerme y no hacerme y que por lo tanto nunca me he hecho, para poder seguir sintiendo las dos cosas, el deseo y el rechazo. Pero, ¿qué me dibujaría si me lo grabase? ¿Con qué imagen ilustraría ese deseo? Y todas las que se me ocurren son insuficientes porque, a fin de cuentas, si una se tatúa se marca la diferencia y, por lo tanto, esa diferencia no debe parecerse a ninguna otra, ingenua quimera. Hasta aquí, creía yo, mi historia con el mundo de los tatuajes en propia carne.
Pero.
El sábado pasado comprendí el alcance del proverbio, creo que chino, que dice: "Ten cuidado con lo que deseas porque puede hacerse realidad".
Yo deseaba y no deseaba hacerme un tatuaje, y el azar decidió al parecer escuchar sólo la primera parte de ese querer. Me explico:
Estaba, como decía, el sábado pasado en casa, acomodando en la chimenea brasas que bastaran para asar la comida de aquel día y arreglando sobre ellas las parrillas necesarias. Parrillitas, en realidad, pequeñas, tres. Y una de ellas, que ya había estado sobre el fuego un rato para terminar de quemar los restos del anterior asado, se rebeló. Cuando la tenía entre las tenazas cobró vida y se dirigió con fuerza y puntería inusitadas a mi pierna. Traspasó con facilidad pasmosa mi chándal colorado de sábado y llegó candente hasta mi piel que, al sentir su contacto, hizo ago así como pshhhhhhpfffff. El sonido que debe de hacer supongo la piel de vaca cuando el hierro las alcanza en el flanco para marcarlas. Me quedé tan sorprendida que no pude ni reaccionar. De hecho, tardé acaso lo que me parecieron segundos en apartar la patita de parrilla de mi patita humana, el tiempo suficiente en cualquier caso para tatuarme un círculo imperfecto que, deduzco, me acompañará hasta el día en que alguien tenga que utilizar alguno de mis dos epitafios.

viernes, 1 de febrero de 2008

PITARAS DEL CARIBE INTERNÁUTICO 2


Ya, ya, ya termino con el tema del pirateo, pero no quería dejar de copiaros este artículo que publiqué ayer (31 de enero) en El periódico sobre el tema.
Buen fin de semana a todos y todas. Propicio momento, tal vez, para hacer un envío masivo del texto sobre la imperiosa necesidad de votar en las próximas elecciones que podéis leer en:
http://angelessobreberlin.blogspot.com/2008/01/proyecto-80.html

PIRATAS ACTUALES: MALDITOS ROEDORES
Flavia Company (31 de enero 2008)

Dicen los diarios que los expertos aseguran que el principal enemigo del cine actual –se refieren al ingreso de dinero en las taquillas, no a su calidad- es la piratería. No se sabe a qué clase de expertos se refieren, pero a buen seguro se trata de personas que saben mucho de cine y de piratas, pero poco de sueldos españoles, para los cuales el cine –y la cultura en general- es cara. Asumamos, por aquello de que hoy en día todo es mercado, que la cultura no deba ser gratuita y por lo tanto igual de accesible para todos los ciudadanos –afirmación con la que de ninguna manera podría estar de acuerdo quien firma este artículo-. Los canales de distribución tienen dueños, los empresarios, que valoran la rentabilidad de los productos antes de servirlos en el mercado. Puesto que los estudios a partir de los cuales deciden sus inversiones tienen que ver directamente con la cantidad y no con la calidad, el estado de la cultura visible en nuestro país es cada vez más deplorable, y sus productos insustanciales, clónicos y anodinos. Como la programación televisiva, por poner un ejemplo.
Así las cosas, decir que el año pasado la cifra de personas que acudieron a los cines españoles se rebajó en 19 millones respecto a 2006 parece, más que un drama, una consecuencia lógica. Y que existan canales de distribución incontrolables como internet, una especie de bendición, puesto que al margen de permitir el acceso mayoritario a muchos bienes culturales, brinda la posibilidad de conocer obras que jamás llegan a los circuitos comerciales.
Recapitulemos: Poca calidad de muchas de las cintas, precio de entrada alto y, para colmo, relajamiento de las costumbres en general. Las pequeñas salas en que se proyectaban películas de arte y ensayo han ido desapareciendo, y las que quedan imitan, ofreciendo productos masticables, a sus gigantescas competidoras, las salas multicines -cuyas instalaciones contienen, en muchos casos, toda una variada oferta de comercios, bares y demás-. Palomitas, quicos, cacahuetes, almendras, caramelos, bebidas, que implican ruidos de bolsas que se abren, de mandíbulas que mastican, de bocas que sorben mientras uno o varios de los presentes, que ya han comido en su casa, intentan escuchar algo de lo que se dice en la pantalla. El panorama no es muy alentador. Por si esto fuera poco, en las salas sitas en grandes superficies la gente, no se sabe si animada por el ambiente o convencida de que una vez pagada la entrada se tiene derecho a cualquier cosa, habla en voz alta no sólo de la película que la pantalla ofrece y a la que ellos no prestan atención sino, a veces, de sus asuntos. Por no hablar de los que contestan al móvil y, tras informar que están en el cine, siguen su conversación como si no fuera así.
Sostiene la SGAE que la pérdida de público en las salas es un problema de falta de conciencia, y sostienen que “hay que recordar a la gente, sobre todo a los jóvenes, que la cultura no es gratis”. ¡Como si fuera posible olvidarlo! ¿Un problema de falta de conciencia? ¿O un derecho, una posibilidad libre y gratuita –esto de gratuita habría que matizarlo, porque el acceso a internet está todavía por alcanzar un precio ideológicamente razonable, es decir la gratuidad- que no favorece económicamente a quienes defienden un modo de entender la propiedad intelectual que, precisamente, los beneficia?
El especialista jurídico en estos asuntos David Bravo -http://filmica.com/david_bravo/- dice, respecto a la SGAE, que defiende un modelo restrictivo de propiedad intelectual y, así, “la propiedad intelectual se ha convertido en una forma sencilla de convertir en una mercancía todo producto del conocimiento. En la actualidad, silbar 7 segundos de La Internacional en una película obliga a pagar a la entidad de gestión de turno. Al mismo tiempo que SGAE defiende un concepto de propiedad privada preconstitucional por ignorar completamente su función social, se golpea el pecho usando en su discurso palabras como “revolución francesa” o “derechos de los trabajadores”. (Cuando visiten su web, no dejen de informarse sobre la otra cara de la moneda del copy right, el copy left, sin duda una apuesta por un modo distinto de ver las cosas).
También se acusa a internet del descenso en la venta de discos. De hecho, se demoniza a internet y así se justifica la necesidad de imponer un canon digital que pague “de antemano” los “delitos” de piratería que van a cometerse. En ese sentido, parece sensata la idea de Rodríguez Ibarra de pedir una casilla en el IRPF que reemplace el canon digital, similar a la existente para la Iglesia católica. Con ello se compensaría a los autores por las copias privadas y se respetaría uno de los principios de “un Gobierno de izquierdas que debe, por un lado, facilitar el hecho cultural promoviendo la existencia de creadores y, por otro, facilitar el acceso universal al producto cultural”.
Si silbar 7 segundos La Internacional en una película obliga a pagar a la entidad de gestión de turno, puede que utilizar en el título de un artículo la expresión “Malditos Roedores” requiera una acción parecida. Ya sabemos que su dueño es el Gato Jinks, de Pixie y Dixie. La suerte es que es difícil que se le ocurra presentar una denuncia.