viernes, 21 de noviembre de 2008

PIEDRA, PAPEL O TIJERA


Ya terminó el plazo para votar piedra, papel o tijera. Como era de esperar, el resultado ha favorecido, de forma apabullante, al papel, que gana por goleada y de lejos a la tijera y a la piedra.

Me pregunto si en otro tipo de blog, visitado por otra clase de gente, con aficiones distintas a las de la lectura por ejemplo, el resultado habría sido el mismo. Entre los arqueólogos, ¿habría triunfado la piedra? ¿Qué grupos habrían optado por la tijera?

La tijera ha sido incluso menos votada que la piedra. ¿Porque podría convertirse en un arma? (La piedra también, aunque quizá menos mortal.) ¿Porque es más moderna? ¿Porque se oxida? Claro que la diferencia es solo de un voto, y quizás se deba a que alguien se equivocó al clickar su opción deseada. Eso debe tenerse en cuenta, estadísticamente hablando.

Ha pasado un año desde que colgué la encuesta. Ahora dejo otra.

¿Acá, allá o más allá? Creo que sé lo que va a salir, pero veremos. Vosotr@s decidís. Y seguimos.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Libros enjaulados


Pierre Lafue nació el 18 de setiembre de 1902 en Pont-de-Monvert (Lozère) y murió accidentalmente el 8 agosto de 1975. Fue profesor de bachillerato, colaboró en diversas publicaciones y, más tarde, se dedicó plenamente al periodismo y la literatura. Es autor de varios ensayos, biografía y novelas.

Yo no sabía nada de Pierre Lafue, ni siquiera de su existencia, hasta que hace unos días fui a la Biblioteca del Ateneo de Barcelona -hay que visitarla, es una maravilla- y pedí en préstamo un libro publicado por Flammarion en 1957 y titulado "Marie-Thérèse. Impératrice et reine. (1717-1780)", cuyo autor era él.

No había hecho más que salir del Ateneo cuando intenté fisgar entre las páginas de mi libro prestado, y digo intenté porque no pude: todavía eran cuadernillos que nadie había separado. Las hojas estaban enganchadas unas a otras por arriba y por el lado. Había que estrenarlo.

Entonces sí, tuve que armarme de paciencia y esperar a estar en casa para obrar con el mayor esmero y utilizar algún instrumento adecuado para tal fin. No podía tratarse de un abrecartas, porque son gruesos y podían estropear el libro, así que rebusqué entre mis objetos de escritorio y encontré un punto de libro que alguien -creo que Mercedes Abad, pero podría ser también Cristina Fernández Cubas-, me trajo de algún país lejano. Un punto de libro ilustrado con el alfabeto fenicio, colocado dentro de una funda de plástico tan prieta y dura, tan fina, que podía hacer las veces de abrepáginas.

Y sí, una por una, inauguré las hojas de Pierre Lafue, que en ese momento me causó una cierta compasión, no sé, por su libro tan solo desde hacía tantos años en el Ateneo, tan abandonado en su estantería, tan sin leer. Pero luego le imaginé al libro otra historia: pensé que durante unos años, quizás un par, había sido uno de los más solicitados por los socios del Ateneo, que en su jardín romántico se lo recomendaban unos a otros con expresiones como: No puedo resumírtelo, léetelo y verás qué bueno lo último de Lafue. Todos de acuerdo en la excelencia de aquel ejemplar que nunca nadie había abierto. Podría haber sucedido y es la versión con la que me quedo. No voy a preguntar a la bibliotecaria por la historia de préstamos de "Marie-Thérèse". ¿Qué historia habrá escapado de sus páginas, ahora que yo al fin las he liberado? ¿Qué secretos? La vida de los libros, qué inquietante.